Borges: milagro y vidas

Para Jorge Luis Borges, la tarea del arte “es transformar todo eso que nos ocurre continuamente para que pueda perdurar en la memoria de los hombres.”

Por Alejandro Jenkins

                  Borges: milagro y vidas

Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires en 1899, en el seno de una familia con más ínfulas sociales que recursos económicos. Varios de sus ancestros habían hecho carreras militares distinguidas en Argentina y Uruguay. Su padre había estudiado derecho pero se dedicó sin mucho éxito a la literatura y a dar clases de psicología. Borges creció en un hogar bilingüe, ya que se abuela paterna, a quien fue muy cercano, era inglesa. Aunque escribió siempre en español, es evidente la influencia del inglés sobre su prosa, e inclusive sobre su poesía.

En 1914, el padre de Borges comenzó a perder la vista, por lo que buscó tratamiento médico en Suiza, a donde se mudó con su familia y en donde los retuvo la Primera Guerra Mundial, circunstancia que le permitió a Borges terminar sus estudios en el liceo público de Ginebra y aprender francés, alemán y latín. De las muchas influencias intelectuales y artísticas a las que estuvo expuesto en su juventud a través de sus lecturas, la más profunda y duradera fue la metafísica pesimista del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, a quien Borges calificaría de “apasionado y lúcido”.

“En 1921, Borges regresó a Argentina sin educación universitaria o calificación profesional alguna, con pocos amigos, con un padre incapacitado por la ceguera y con el peso del orgullo familiar asiduamente cultivado por su madre.”

Al terminar la guerra, los Borges se mudaron primero a Barcelona y después a Palma de Mallorca. En España, Borges escribió varios poemas y cuentos, la mayoría no publicados, y participó en círculos literarios ultraístas que buscaban renovar la poesía en español combatiendo el sentimentalismo y la ornamentación hueca de “modernistas” como Rubén Darío.

Borges regresó a Argentina en 1921 sin educación universitaria o calificación profesional alguna, con pocos amigos, con un padre incapacitado por la ceguera y con el peso del orgullo familiar asiduamente cultivado por su madre, de temperamento muy dominante. En Buenos Aires, Borges renegó del ultraísmo y cultivó un regionalismo dedicado a temas como el gaucho, la historia militar de Argentina, las peleas de cuchillo, el tango, etc. Eventualmente entablaría dos colaboraciones creativas importantes: con Victoria Ocampo (editora de la revista Sur, en la que aparecieron por primera vez muchas de sus obras) y con Adolfo Bioy Casares (junto a quien escribiría varias obras publicadas bajo el pseudónimo conjunto de “H. Bustos Domecq”).

En 1938 murió su padre y Borges obtuvo su primer empleo regular, como empleado en una “sórdida” biblioteca municipal. Esta fue tal vez la etapa más oscura y decepcionante de su vida: a las puertas de los cuarenta años, Borges vivía solo con su madre viuda y tenía un empleo humilde y mal pagado, pocas perspectivas de reconocimiento literario y solo sus lecturas y sus fantasías de suicidio por distracción:

El suicida

No quedará en la noche una estrella.

No quedará la noche.

Moriré y conmigo la suma del intolerable universo.

Borraré las pirámides, las medallas,

los continentes y las caras.

Borraré la acumulación del pasado.

Haré polvo la historia, polvo el polvo.

Estoy mirando el último poniente.

Oigo el último pájaro.

Lego la nada a nadie.

(Aquí cabe, tal vez, recordar la sentencia de Albert Camus en “El mito de Sísifo”, de que el suicidio “se prepara en el silencio del corazón como una gran obra de arte”.) En la víspera de la Navidad de ese año Borges tuvo un accidente grave al golpearse la cabeza con una ventana, lo que le causó septicemia y lo llevó al borde de la muerte, episodio que inspiraría uno de sus cuentos más notables, “El Sur”.

“Borges vivía solo con su madre viuda y tenía un empleo humilde y mal pagado, pocas perspectivas de reconocimiento literario y solo sus lecturas y sus fantasías de suicidio por distracción.”

Al recuperarse, Borges, temeroso de que el accidente hubiera afectado sus capacidades creativas, comenzó a escribir en un estilo experimental muy distinto de su obra anterior y totalmente ajeno a cualquier corriente literaria conocida. De este período datan dos cuentos revolucionarios, “Pierre Menard, autor del Quijote” y “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que inauguran la etapa más distintiva, conocida e influyente de su obra, en que se aboca a “juegos con el tiempo y con lo infinito” y explora lo que sus editores más tarde llamarían “las posibilidades expresivas de la ‘estética de la inteligencia’ borgiana”. Esta etapa alcanza su máxima expresión en las importantísimas colecciones de cuentos El jardín de senderos que se bifurcan (1941) y Artificios (1944), que aparecieron después juntas bajo el título Ficciones y le valieron a Borges sus primeros reconocimientos sustanciales.

Políticamente, Borges fue un fuerte crítico primero del nazi-fascismo, del antisemitismo y del franquismo (con los que muchos elementos afines al gobierno militar de Argentina se identificaban) y luego del populismo autoritario del general Juan Domingo Perón. Esto le valió la destitución como bibliotecario municipal cuando Perón llegó a la presidencia en 1946, circunstancia que Borges aprovechó para viajar por Argentina y Uruguay como conferencista. Su madre y su hermana pasaron por la cárcel por participar en protestas contra el régimen de Perón.

En 1949 apareció otra importante colección de relatos fantásticos, El Aleph, y en 1952 su principal colección de ensayos, Otras inquisiciones, que ayudaron a afianzar su reputación como uno de los escritores latinoamericanos más innovadores y universales.

En Aquilea, en Éfeso, en Macedonia, dejó que sobre él pasaran los años. Buscó los arduos límites del Imperio, las torpes ciénagas y los contemplativos desiertos, para que lo ayudara la soledad a entender su destino. En una celda mauritana, en la noche cargada de leones, repensó la compleja acusación contra Juan de Panonia y justificó, por enésima vez, el dictamen.

— “Los teólogos”

Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…

— “El jardín de senderos que se bifurcan”

En 1955 Perón fue derrocado por un golpe militar y Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional y profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. Para ese entonces había quedado prácticamente ciego, posiblemente debido a la misma enfermedad que había sufrido su padre.

Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

— Poema de los dones

En 1960 publicó su obra más personal, una colección de poemas y escritos breves en prosa titulada El hacedor y en 1964 apareció su más importante colección de poesías: El otro, el mismo.

En la década de 1960, los cuentos y ensayos de Borges comenzaron a ser traducidos a otros idiomas y su fama se hizo internacional, permitiéndole visitar EE. UU. y Europa como profesor invitado y conferencista. Borges se convirtió entonces, para su gran sorpresa, en una figura central del boom literario latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. La película vanguardista británica Performance de 1968 muestra a un personaje, interpretado por Mick Jagger, leyendo a Borges en la tina. El Borges icónico, el anciano ciego que empuñaba un bastón y recibía gustoso en su apartamento de la calle Maipú a los visitantes que estuvieran dispuestos a leerle alguno de sus libros favoritos, aquel Borges asediado por periodistas que lo trataban como a un oráculo y que, según el estadounidense Paul Theroux, “tenía algo de charlatán”, data de la década de 1970.

También en la década de 1960 Borges se afilió al Partido Conservador Demócrata (una agrupación minoritaria de centro-derecha) con el argumento de que “a un caballero solo le interesan las causas perdidas”. Cuando Juan Perón regresó al poder en 1973, Borges renunció a sus cargos y en 1976 se manifestó satisfecho con el golpe militar que derrocó a Isabel Perón. El haber luego aceptado honores y reconocimientos de parte de las dictaduras militares de Jorge Videla en Argentina y de Augusto Pinochet en Chile explica, en parte, la negativa de la Academia Sueca a otorgarle el Premio Nobel de literatura. Sin embargo, algunos años más tarde Borges manifestó públicamente su desilusión con el autoritarismo e incompetencia del régimen militar argentino y con la “guerra absurda” de las Malvinas. En 1980 publicó una carta sobre los desaparecidos bajo el régimen militar que dice, en parte:

Una tarde vinieron a casa las madres y abuelas de Plaza de Mayo a contarme lo que pasaba. Algunas serían histriónicas, pero yo sentí que muchas venían llorando sinceramente, porque uno siente la veracidad. ¡Pobres mujeres tan desdichadas! Eso no quiere decir que sus hijos fueran invariablemente inocentes, pero no importa. Todo acusado tiene derecho al menos a un fiscal, para no hablar de un defensor. Todo acusado tiene derecho a ser juzgado. Cuando me enteré de todo este asunto de los desaparecidos me sentí terriblemente mal. Me dijeron que un general había comentado que si entre cien personas secuestradas, cinco eran culpables, estaba justificada la matanza de las noventa y cinco restantes. ¡Debió ofrecerse él para ser secuestrado, torturado y muerto para probar esa teoría, para dar validez a su argumento! La guerrilla y el terrorismo existieron, desde luego, pero, al mismo tiempo, no creo que sean modelos aconsejables.

Sobre sus afiliaciones políticas dijo en 1980: “no soy nacionalista, no he sido peronista, no soy comunista. Soy un modesto anarquista spenceriano que cree en el individuo, no en el Estado”. Aunque mantuvo siempre un intenso interés por la religión y a pesar de autodenominarse “protestante aficionado” en uno de sus ensayos, sus convicciones personales fueron consistentes con el ateísmo de su padre y de Schopenhauer. De la teología repitió en muchas ocasiones que la consideraba como “la perfección del género de la literatura fantástica”.

“No soy nacionalista, no he sido peronista, no soy comunista. Soy un modesto anarquista spenceriano que cree en el individuo, no en el Estado,” Jorge Luis Borges 

Según el propio Borges, él fue ante todo un gran lector, de segundo un poeta y de último un escritor. Casó en 1967 con una amiga viuda, de quien se separó al cabo de menos de tres años. Siguió viviendo con su madre hasta que ella murió, con noventa y nueve años de edad, en 1973. En la última etapa de su vida cultivó su interés por el idioma y la literatura antigua de Islandia, especialmente las sagas vikingas. En un curso que dictó en Buenos Aires sobre ese tema conoció a una estudiante, María Kodama, que lo acompañó luego en sus viajes y con quien casó poco antes de morir en 1986. Es probable que todas sus relaciones sentimentales fueran platónicas:

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca

aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

— Le regret d’Heraclite

En El hacedor había escrito Borges que “pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra”. Sobre los esfuerzos humanos por organizar la realidad, escribió

No hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo.

— “El idioma analítico de John Wilkins”

Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden — el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo— para embelezar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas —traduzco: a leyes inhumanas— que no acabamos nunca de percibir.

— “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”

En el poema “El remordimiento”, de 1976, declara

He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados…

Sería, sin embargo, un error grave conceptualizar la obra de Borges como enteramente intelectual o como enteramente pesimista. Su evidente distancia de la vida cotidiana, junto con sus serias y profundas preocupaciones intelectuales y metafísicas, derivan en Borges en una acerada disciplina artística que le permite finalmente destilar de sus decepciones íntimas y de su erudición un idioma literario no solo original sino también genuino. En este sentido hay que subrayar dos cosas que no todos los críticos han apreciado: que su obra escudriña y sublima un intenso sufrimiento humano (no menos agudo por manifestarse en forma tan contenida y tan poco histriónica) y que su erudición está siempre desplegada con fines eminentemente estéticos (de ahí, por ejemplo, el hecho de que sus cuentos a menudo mezclen referencias bibliográficas genuinas con referencias imaginarias).

Al respecto el propio Borges dijo en una entrevista que concedió pocos años antes de morir:

Yo creo que la tarea del arte es transformar todo eso que nos ocurre continuamente, transformar todo eso en símbolos… transformarlo en música… transformarlo para que pueda perdurar en la memoria de los hombres […] Esos símbolos pueden ser, imagino, colores, pueden ser formas, pueden ser sonidos… y en el caso del poeta, son sonidos y también son palabras… y esto… son fábulas, son relatos… poesías. Quiero decir, que la tarea del poeta es continua, porque no se trata de trabajar de tal hora a tal hora, uno continuamente está recibiendo algo del mundo externo, y todo eso tiene que ser transmutado […] La vida del escritor es una vida solitaria. Uno cree estar solo y al cabo de los años, si los astros son propicios, uno descubre que uno está al centro de una especie de vasto círculo de amigos invisibles, de amigos que uno no conocerá nunca físicamente pero que lo quieren a uno y eso es una recompensa más que suficiente.

No escribió nunca Borges ningún texto de más de una decena de páginas, algo que hubiera sentado mal a la concentración lingüística y conceptual propia de su estilo. En el prólogo a la colección de cuentos El jardín de senderos que se bifurcan, escribió:

Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario.

Cabe resaltar algunas citas de su obra publicada en que esboza su comprensión de la labor estética:

La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

— “La muralla y los libros”

Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar.

— Prefacio a La rosa profunda

Para Borges la literatura no es un espejo o una imitación de la realidad, sino que conforma (como escribió a propósito del Ulises de James Joyce), “un orbe autónomo de corroboraciones, de presagios, de monumentos.”

Borges murió de un cáncer del hígado en 1986. Sus restos yacen en el Cimitière des Rois, en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que había querido regresar para pasar sus últimos días.

Alejandro Jenkins Villalobos

Alejandro Jenkins Villalobos, costarricense, formado como físico teórico, preocupado por lo que Max Weber llamó “la experiencia de la irracionalidad del mundo”.

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